


Nacimos fruto del amor de nuestros papás. Crecimos en el vientre de nuestras mamás rodeados de un inmenso amor, el amor que se transmite en caricias, en ilusión, en el latido acompasado del corazón que nos mecía día a día. Estábamos deseosos de nacer para poder conocerles y… llegó ese momento tan ansiado. Ese día pudimos ver la luz y sentir la caricias y la felicidad embargaba a nuestros papás.
Pero de repente, informan a nuestros papás que algo no va bien y hay que hacer pruebas. Se genera una incertidumbre, una preocupación difícil de transmitir. Estamos bien, pero hay algo raro. Y … desde ese momento pasamos a formar parte del otro lado de la balanza, del lado de los “niños con enfermedades raras”. Pero nosotros no sabemos qué es eso y por supuesto, nuestros padres tampoco. Somos niños con un gran corazón, con una gran sensibilidad y aunque no sigamos la curva de desarrollo esperada, somos capaces de transmitir ternura y mucho amor, porque cada vez que sonreímos se iluminan las caras de los que nos rodean. Suponemos que esto no es motivo de rareza, sino de un poder muy especial.

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